12.- …Visto por el revés

Septiembre 27th, 2006 by frangam

Creo que es Cervantes, en el Quijote, quien dice que la traducción es un tapiz visto por el revés.
Con frecuencia recuerdo la frase y voy a tener que leer de nuevo la obra para localizarla. Por el momento, y en aras de seguir la conversación sin interrupciones, espero que ustedes aceptarán, sin objetar, la cita.
Las traducciones de algunas obras literarias me han dado muchas molestias. No tragedias, solo molestias, pero mejor no se hubiesen presentado.
La primera fue con La Biblia. Desde que empecé a leerla, a los dieciocho años, (porque antes la iglesia católica no estimulaba su lectura) me cayó en las manos la traducción del Ilustrísimo Don Félix Torres Amat, en cuya primera página se ofrece indulgencia plenaria al que lee ese texto. Desde aquel momento quedé matriculado con este traductor, no solo porque me gustó la versión, sino porque a nadie le viene mal una indulgencia de ese calibre y mucho menos a un pecador como yo.
Años después mi resobada, anotada, rayada y subrayada Biblia se fue de mis manos en una de esas hecatombes que a veces sufren las bibliotecas y tuve que recurrir a otras versiones: Biblia de Jerusalem, Biblia Latinoamericana y demás. No les hallé el tono. Eran otra cosa, algunas totalmente distintas. Mis párrafos favoritos cambiados. Yo no podía usar tales citas.
Es posible que esa búsqueda me haya proporcionado otro poco de indulgencias, con lo cual no ando muy lejos del cielo, pero no me servían las citas.
En cuanto tuve unos cuantos colones examiné la abundancia de biblias que ofrecen las respectivas secciones de nuestras librerías y volví a dar con mi estimado Don Félix, lo cual me acerca un nuevo paso a donde ya ustedes saben. Además, puedo hacer citas a mi gusto y presumir de mis cualidades de exégeta.
Casi tan favorita como mi Biblia (la de Don Félix) o como el Quijote, es mi “Alicia en el país de las Maravillas” y otras obras de Lewis Carroll. Este no es tan vital para la salvación del alma como lo anterior, pero también tengo serios problemas con la traducción. Me aficioné, junto con mis hijos, a la versión de M. Manent, quien también debe ser catalán, como don Félix, porque uno y otro libro salieron de aquellos hornos.
Alguna otra calamidad ocurrió con mis libros, porque solo tengo a mano la segunda parte de Alicia, “En el mundo del Espejo”, la del juego de ajedrez, completamente satisfactoria para mi, pero se perdió la del país de las maravillas y aunque tengo varias versiones y he examinado otras en las librerías, no hallo satisfacción.
Vean este ejemplo, nada más para que comprueben las libertades que se toman los traductores, con variada fortuna. En el capítulo II de Alicia hay un poemita que cito de memoria:
Como le gusta al cocodrilo
Su reluciente y larga cola.
Viene sacando agua del Nilo
porque no suele venir sola.
Abre su boca puntiaguda
Abre sus fauces fieramente
A todos los peces saluda
Y los devora sonriente.

Esa es la traducción de Manent, la que me gusta. La otra es de Luis Maristany, quien, por lo que voy sospechando, también es catalán, y dice así:

¡Ay, el pobre inocente cocodrilo,
Como aprovecha su brillante cola
Y derrama las aguas de ola en ola
Por sus bellas escamas en el Nilo!
¡Qué alegre estás cuando muestras los dientes,
Con qué celeridad abres tus garras
Y a los peces saludas y desgarras!
¡Se cuelan por tus fauces sonrientes!

Quien no creyera lo del tapiz, dicho por Cervantes (y por el suscrito, fieramente) aquí tiene un ejemplo muy claro. Como dicen los italianos “tradutore, traditore”.
Y no digo que la segunda versión sea mala. Solo que yo me había aficionado a la primera y la siento cómoda, como cuando uno se pone un zapato viejo…
Finalmente, debo agregar que traducir a Carroll no es como comer tortas y pan pintado. Ahora sé que el tema de las traqducciones de Alicia es discutido desde hace siglo y medio. Carroll es uno de los maestros del “nonsense”, los poemas sin sentido. Así pues, reto a cualquiera que domine el idioma inglés, a que trate de volver a esa lengua estos versos de “Alicia”:

Era cenora y los flexosos tovos
En los relonces goriscopiaban, perfibraban.
Misvolos vagaban los borogovos
Y los verdirranos extrarrantes gruchisflaban.

Como solemos decir: “Baíleme ese trompo en la uña”.
Tuve, compartido con mis hijos, otro problemita. De niños, Fidel le puso música a dos poemas de Edgar Allan Poe: El Castillo Encantado y El Cuervo. La primera fue completada, pero la segunda quedó a medias, pues imagino que, al ser un poema bastante largo, sería casi como para hacer una ópera. Sin embargo, me gustaba mucho porque, siendo un poema más o menos tenebroso, el canto de la desesperanza, la música de Fidel daba la impresión de algo humorístico. Era, o es, porque aun anda por ahí, una paradoja musical, hoy casi olvidada.
Pero ese no es el asunto. La cosa es que perdimos, en algunos de nuestros muchos cambios de casa o en los bolsillos de algún visitante, el librito en que se hallaban los hermosos textos y jamás pudimos hallar de nuevo aquella traducción. Como alguien nos dijera que era obra de Rubén Darío, investigamos hasta con un especialista de la Biblioteca Nacional de Nicaragua. Jamás apareció.
Finalmente le pregunté a Alfonso Chase y él dijo que Darío nunca tradujo un libro de Poe y que, según creía, solo había traducido unos pocos poemas y esos eran los que tanto nos gustaron, junto con el de La Bella Annabel Lee. Y Alfonso, en esa materia, sabe lo que dice. Caso cerrado.
A la vista de tan penosas como abundantes experiencias, que me han hecho coincidir a pie juntillas nada menos que con el Manco de Lepanto, no pienso separarme de mis traducciones favoritas. Ahora, a manera de ejemplo, leo a James Joyce, quizá el escritor más intraducible de la historia de la literatura.
En la nota del traductor que encabeza el “Ulises”, este caballero, José María Valverde (Val verde ¿otro catalán?), nos informa de los enjundiosos trabajos hechos por lingüistas de diversos países que él ha tenido a la vista y tomado en cuenta para perfeccionar a lo largo de muchos años, la traducción, premiada en España. No entro en detalles. Me atengo a lo que el traductor dice: “Esta discusión filológica será el cuento de nunca acabar…”
La versión me satisface. No conozco otra y tampoco pienso conocerla en lo que de vida me reste, pues con lo que mencioné arriba ya tengo suficientes créditos para gozar de la gloria eterna. Pero Joyce pone a prueba no solo a los traductores sino a los lectores.
¿Quieren un ejemplo, solo para hacer boca? Helo aquí, tomado al azar del capítulo 3 de esa obra monstruosa y majestuosa:

“Ea. Clávale un alfiler, ¿Quieres? Mis tabletas. Boca para el beso de ella. No. Debe haber dos. Pégalos para el beso de la boca de ella.
Sus labios labiaron y boquearon labios de aire sin carne: boca para el vientre de ella. Entre, omnienventrador antro. Su boca moldeó aliento que salía, inverbalizado: uuiijáh: rugido de planetas cataráticos, globados, incandescentes, rugiendo allávaallávaallávaallávaallávaalláva. Papel. Los billetes, malditos sean. La carta del viejo Deasy. Aquí”.

¿Se dan cuenta ahora por qué ¡Alabado sea! No quiero, no necesito, no podría sufrir, otro traductor?

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